sábado, 19 de noviembre de 2011

El fin de ETA. Mi experiencia.


Hola, a todas/os

Pocos días después de que yo naciera, el 3 de abril de 1974, la banda terrorista ETA asesinó al guardia civil Gregorio Posada Zurrón en Azpeitia (Guipúzcoa); era el primer asesinato de un año que supondría un salto cualitativo en su actividad criminal, ya que hasta entonces (1968-1974) había matado a 10 personas (el último, el almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, el 20/12/1973) y en 1974, en solo un año, mató a 19; además, ese mismo año cometió el primer atentado masivo e indiscriminado, el 13 de septiembre, en la cafetería Rolando de Madrid, donde murieron 13 personas. Estaba yo a punto de cumplir siete meses de vida.

Recuerdo una infancia donde ETA tenía su importancia, a pesar de que yo vivía en Soria, lejos de Euskadi. Pero ETA era siempre una presencia amenazante. El año en que cumplí seis, la banda terrorista había asesinado nada menos que 92 personas, no hubo mes sin víctimas; sólo en el mes de noviembre fueron asesinadas 20 personas. Recuerdo perfectamente que el cuartel de la Guardia Civil de Soria estaba cerca de mi casa, y recuerdo perfectamente que evitábamos pasar cerca; también me acuerdo bien de que teniendo yo dieciséis años, en 1990, nos trasladamos a un piso que aún estaba más cerca del cuartel, de hecho podíamos verlo desde la ventana. Hubo rumores de amenazas contra el cuartel, y me acuerdo bien del miedo. Un 12 de octubre, fiesta nacional (1990 o 1991), hubo intensos rumores al respecto, y hubo miedo; entre esos dos años ETA mató a 71 personas.

En 1992 me trasladé a estudiar a Madrid. Justo ese año, ETA redujo enormemente su actividad, de los 26 asesinados de 1992 respecto a los 46 del año anterior. Madrid era objetivo fundamental de los terroristas y, a pesar de ese descenso en el número de atentados, también me acuerdo perfectamente de que no existía nunca la tranquilidad absoluta; uno no pensaba todo el día en que algo podía pasar, pero es cierto que de vez en cuando nos venían pensamientos de que cualquier cosa podría ocurrir en cualquier momento. En 1995, por ejemplo, en abril sufre un atentado José María Aznar, todavía jefe de la oposición; justo dos meses después asesinaron a un policía justo al lado de lo que ahora es la FNAC, y en diciembre de ese mismo año asesinaron a seis trabajadores en el humilde barrio de Vallecas.

Especialmente tengo que recordar la noche del 12 de mayo de 2001. Yo tenía 27 años y trabajaba en una empresa de outsorcing para multinacionales de telecomunicaciones; era coordinador de equipos y me tocaba el turno de tarde, debía salir a las 01:00 h. Justo a las 00:00 h. estaba de pie, al lado de una de las ventanas de la oficina. De repente, los cristales vibraron, parecía que se iban a romper, las ventanas incluso se llegaron a mover un poco. 

Enseguida supe que era una bomba, y no cualquier bomba. Sabía que era un atentado. Sin esperar ni un minuto, primero pedí calma a los trabajadores y luego llamé a mi jefe para decirle que fuera rápido para allá. Los primeros minutos me tuve que dedicar a lograr que la gente estuviera tranquila, porque no se sabía todavía qué podría haber ocurrido, y aunque no fue sencillo, se consiguió porque en realidad no había ocurrido nada grave entre aquellas paredes. De repente me acordé que a las 00:00 h. justamente había cambio de turno, y que una trabajadora había salido a la calle exactamente cinco minutos antes de que se oyera el ruido; la empezamos a llamar pero no contestaba. Sin esperar a que llegara mi jefe, dejé a alguien encargado de la plataforma y de mantener la tranquilidad y, temerariamente, bajé a la calle. 

Enseguida vi gente correr de un lado para otro, todavía la policía no había cercado la zona; vi el fuego desde la esquina de Goya con Velázquez, justo al lado de la acera, estaba claro que había sido un coche bomba; me acerqué un poco más y llegué a ver fragmentos del coche, a más de doscientos metros. Comprendí que no debía acercarme más, y al mismo tiempo necesitaba saber si alguien necesitaba ayuda. Enseguida me vio mi jefe y ambos subimos a la oficina. A partir de ese momento, llamadas, informaciones… hasta que ya supimos que ETA había hecho estallar un coche bomba en la calle Goya, coincidiendo con el comienzo de la campaña electoral de aquel momento. 14 heridos. Me asombro cuando pienso la sangre fría que tuve en aquel momento. Y más al recordar el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando salí a la calle de nuevo, ya con la policía habiendo tomado el control de la situación, y puede ver con mis propios ojos que el coche había estallado justo al lado de un cajero automático del BBVA en el que yo había estado en torno a las 23:50 h. Entendí entonces, mejor que nunca, que todos, absolutamente todos, éramos víctimas del terrorismo, víctimas potenciales de ese sinsentido. Diez minutos quizá hubieran cambiado mi vida para siempre.

ETA ha estado presente a lo largo de casi toda mi vida, sí. Asociada siempre al terror que supone no saber en qué momento un atentado absurdo e inútil puede costarte la vida a ti o a alguien a quien quieres. Y sin embargo creo que hay que hacer un esfuerzo porque esto acabe bien y acabe para siempre. Claro que no puedo ponerme con exactitud en la piel de un herido o del familiar de un fallecido; y por supuesto que su posición es crucial en este momento. Pero no como un obstáculo al avance que todos deseamos, sino como una vigilancia moral para que ese avance se sustente en bases dignas.

Siempre he defendido que lo que había en Euskadi no era solo terrorismo; y no hablo de ese “conflicto” de la jerga etarra. Pero es evidente que cuando en una región de España hay en torno a un 25% de la población que no quieren ser españoles, hay mucho más que terrorismo, hay una situación política y social endiablada que hay que solucionar con mucho talento. Sería estúpidamente soberbio decir que alguien tiene las soluciones para algo que dura ya más años de los que duró el franquismo.  Pero sí creo que hay algunas cuestiones fundamentales:

1. Las víctimas deben dignificar el proceso, pero no son las únicas que deben opinar. Todos los ciudadanos hemos sido víctimas desde cierta perspectiva y todos tenemos derecho a desear la paz definitiva y a opinar sobre cómo lograrla.

2. El PP debe olvidar definitivamente su antinacionalismo (que en el fondo proviene de un fuerte nacionalismo español, y ya sabemos que los extremos se tocan) y no aprovechar el proceso del fin de ETA para volver a criminalizar a 250.000 vascos (o más, lo veremos pasado mañana) que quieren la independencia.

3. El PNV debería dejar a un lado su tradicional deseo hegemónico en Euskadi, y asumir que el fin de ETA le dará un mayor protagonismo nacionalista a la izquierda abertxale. Evitar eso no puede ser excusa para poner palos en las ruedas.

4. El PSOE/PSE debe asumir un papel protagonista en este proceso, no sólo porque gobierna en Euskadi y ha tenido un papel importante a la hora de llegar hasta aquí, sino porque ha demostrado entender mejor que ningún otro partido la sociedad vasca. Pero jamás debe caer en la tentación, ni siquiera por vía indirecta, de atribuirse el mérito de haber llegado hasta aquí. Eso sería indecente y la ciudadanía lo castigaría.

5. ETA debe emprender un proceso de reconciliación que requiere acercarse a las víctimas, mirarles a los ojos y reconocer el daño causado (pedir perdón puede ser bueno en algunos casos, no en otros). Debe ser casi un proceso individualizado, caso a caso, pueblo a pueblo. Deben arriesgarse al desprecio de sus vecinos del mismo modo que sus vecinos se arriesgaron tanto tiempo a la marginación y la muerte.

6. No se debe sacralizar la entrega de las armas. Un solo hombre con una sola pistola puede matar a otro en un minuto. Y eso podría ocurrir después de una entrega de armas, porque ¿cómo comprobar que se entregaron todas?

7. Los politólogos y los historiadores deben hacer un esfuerzo a la hora de explicar las raíces del problema, los límites en las actitudes de cada uno. Toda solución se debe basar en un riguroso análisis de lo ocurrido en España durante muchos, muchos años. Es la única cura contra la tentación de la demagogia.

8. Euskadi no puede ganar peso específico político gracias al fin de ETA; y, de rebote, Cataluña. Los nacionalismos periféricos, que han sido debidamente atendidos por la democracia española, no pueden instrumentalizar esto para llevar al país al borde de la ruptura. No pueden solaparse demandas de autodeterminación mientras se negocia el fin de una banda armada.

9. Los sentimientos no podrán ser marginados del proceso. Habrá que gestionarlos. Y también hay expertos en eso, que cuenten con ellos.

10. Si España quiere ser un país grande debe entender que todo el que pertenezca a él debe sentirse a gusto. Si eso no se consigue, se podrá salvaguardar la unidad en la mera coacción del monopolio de la violencia por parte del Estado (totalmente legítimo), pero no se logrará un país armónico que pueda enfrentarse a los grandes retos del siglo XXI.

No es un decálogo. Son diez pautas que, de ser respetadas, harán que sea mucho más sencillo que nadie tenga que volver a pasar con miedo delante de un coche. Habremos conseguido una democracia un poco más moderna. Se puede convertir en un catalizador de ilusión colectiva que ayude a solucionar otros problemas. La grandeza de la política es que cuando se utiliza para solucionar problemas genera adhesiones exponencialmente. Y ya sabemos que una política fuerte es siempre mala para aquellos a quienes no les gusta la política, porque prefieren imponer sus criterios por la fuerza de las armas o del capital.

Un abrazo 
Kike