Hola, a todas/os
Pocos días después de que yo
naciera, el 3 de abril de 1974, la banda terrorista ETA asesinó al guardia
civil Gregorio Posada Zurrón en Azpeitia (Guipúzcoa); era el primer asesinato
de un año que supondría un salto cualitativo en su actividad criminal, ya que
hasta entonces (1968-1974) había matado a 10 personas (el último, el almirante
Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, el 20/12/1973) y en 1974, en solo
un año, mató a 19; además, ese mismo año cometió el primer atentado masivo e
indiscriminado, el 13 de septiembre, en la cafetería Rolando de Madrid, donde
murieron 13 personas. Estaba yo a punto de cumplir siete meses de vida.
Recuerdo una infancia donde
ETA tenía su importancia, a pesar de que yo vivía en Soria, lejos de Euskadi.
Pero ETA era siempre una presencia amenazante. El año en que cumplí seis,
la banda terrorista había asesinado nada menos que 92 personas, no hubo mes sin
víctimas; sólo en el mes de noviembre fueron asesinadas 20 personas. Recuerdo
perfectamente que el cuartel de la Guardia Civil de Soria estaba cerca de mi
casa, y recuerdo perfectamente que evitábamos pasar cerca; también me acuerdo
bien de que teniendo yo dieciséis años, en 1990, nos trasladamos a un piso que
aún estaba más cerca del cuartel, de hecho podíamos verlo desde la ventana.
Hubo rumores de amenazas contra el cuartel, y me acuerdo bien del miedo. Un 12
de octubre, fiesta nacional (1990 o 1991), hubo intensos rumores al respecto, y
hubo miedo; entre esos dos años ETA mató a 71 personas.
En 1992 me trasladé a
estudiar a Madrid. Justo ese año, ETA redujo enormemente su actividad, de los
26 asesinados de 1992 respecto a los 46 del año anterior. Madrid era objetivo
fundamental de los terroristas y, a pesar de ese descenso en el número de
atentados, también me acuerdo perfectamente de que no existía nunca la
tranquilidad absoluta; uno no pensaba todo el día en que algo podía pasar, pero
es cierto que de vez en cuando nos venían pensamientos de que cualquier cosa
podría ocurrir en cualquier momento. En 1995, por ejemplo, en abril sufre un
atentado José María Aznar, todavía jefe de la oposición; justo dos meses
después asesinaron a un policía justo al lado de lo que ahora es la FNAC, y en
diciembre de ese mismo año asesinaron a seis trabajadores en el humilde barrio
de Vallecas.
Especialmente tengo que
recordar la noche del 12 de mayo de 2001. Yo tenía 27 años y trabajaba en una
empresa de outsorcing para
multinacionales de telecomunicaciones; era coordinador de equipos y me tocaba
el turno de tarde, debía salir a las 01:00 h. Justo a las 00:00 h. estaba de pie,
al lado de una de las ventanas de la oficina. De repente, los cristales
vibraron, parecía que se iban a romper, las ventanas incluso se llegaron a
mover un poco.
Enseguida supe que era una bomba, y no cualquier bomba. Sabía
que era un atentado. Sin esperar ni un minuto, primero pedí calma a los
trabajadores y luego llamé a mi jefe para decirle que fuera rápido para allá. Los
primeros minutos me tuve que dedicar a lograr que la gente estuviera tranquila,
porque no se sabía todavía qué podría haber ocurrido, y aunque no fue sencillo,
se consiguió porque en realidad no había ocurrido nada grave entre aquellas
paredes. De repente me acordé que a las 00:00 h. justamente había cambio de
turno, y que una trabajadora había salido a la calle exactamente cinco minutos
antes de que se oyera el ruido; la empezamos a llamar pero no contestaba. Sin
esperar a que llegara mi jefe, dejé a alguien encargado de la plataforma y de
mantener la tranquilidad y, temerariamente, bajé a la calle.
Enseguida vi gente
correr de un lado para otro, todavía la policía no había cercado la zona; vi el
fuego desde la esquina de Goya con Velázquez, justo al lado de la acera, estaba
claro que había sido un coche bomba; me acerqué un poco más y llegué a ver
fragmentos del coche, a más de doscientos metros. Comprendí que no debía
acercarme más, y al mismo tiempo necesitaba saber si alguien necesitaba ayuda.
Enseguida me vio mi jefe y ambos subimos a la oficina. A partir de ese momento,
llamadas, informaciones… hasta que ya supimos que ETA había hecho estallar un
coche bomba en la calle Goya, coincidiendo con el comienzo de la campaña
electoral de aquel momento. 14 heridos. Me asombro cuando pienso la sangre fría
que tuve en aquel momento. Y más al recordar el escalofrío que me recorrió el
cuerpo cuando salí a la calle de nuevo, ya con la policía habiendo tomado el
control de la situación, y puede ver con mis propios ojos que el coche había
estallado justo al lado de un cajero automático del BBVA en el que yo había
estado en torno a las 23:50 h. Entendí entonces, mejor que nunca, que todos,
absolutamente todos, éramos víctimas del terrorismo, víctimas potenciales de
ese sinsentido. Diez minutos quizá hubieran cambiado mi vida para siempre.
ETA ha estado presente a lo
largo de casi toda mi vida, sí. Asociada siempre al terror que supone no saber
en qué momento un atentado absurdo e inútil puede costarte la vida a ti o a
alguien a quien quieres. Y sin embargo creo que hay que hacer un esfuerzo
porque esto acabe bien y acabe para siempre. Claro que no puedo ponerme con
exactitud en la piel de un herido o del familiar de un fallecido; y por
supuesto que su posición es crucial en este momento. Pero no como un obstáculo
al avance que todos deseamos, sino como una vigilancia moral para que ese
avance se sustente en bases dignas.
Siempre he defendido que lo
que había en Euskadi no era solo terrorismo; y no hablo de ese “conflicto” de
la jerga etarra. Pero es evidente que cuando en una región de España hay en
torno a un 25% de la población que no quieren ser españoles, hay mucho más que
terrorismo, hay una situación política y social endiablada que hay que
solucionar con mucho talento. Sería estúpidamente soberbio decir que alguien
tiene las soluciones para algo que dura ya más años de los que duró el
franquismo. Pero sí creo que hay algunas
cuestiones fundamentales:
1. Las víctimas deben dignificar el proceso,
pero no son las únicas que deben opinar. Todos los ciudadanos hemos sido
víctimas desde cierta perspectiva y todos tenemos derecho a desear la paz
definitiva y a opinar sobre cómo lograrla.
2. El PP debe olvidar definitivamente su
antinacionalismo (que en el fondo proviene de un fuerte nacionalismo español, y
ya sabemos que los extremos se tocan) y no aprovechar el proceso del fin de ETA
para volver a criminalizar a 250.000 vascos (o más, lo veremos pasado mañana) que quieren la independencia.
3. El PNV debería dejar a un lado su tradicional
deseo hegemónico en Euskadi, y asumir que el fin de ETA le dará un mayor
protagonismo nacionalista a la izquierda abertxale. Evitar eso no puede ser
excusa para poner palos en las ruedas.
4. El PSOE/PSE debe asumir un papel protagonista
en este proceso, no sólo porque gobierna en Euskadi y ha tenido un papel
importante a la hora de llegar hasta aquí, sino porque ha demostrado entender
mejor que ningún otro partido la sociedad vasca. Pero jamás debe caer en la
tentación, ni siquiera por vía indirecta, de atribuirse el mérito de haber
llegado hasta aquí. Eso sería indecente y la ciudadanía lo castigaría.
5. ETA debe emprender un proceso de
reconciliación que requiere acercarse a las víctimas, mirarles a los ojos y
reconocer el daño causado (pedir perdón puede ser bueno en algunos casos, no en
otros). Debe ser casi un proceso individualizado, caso a caso, pueblo a pueblo.
Deben arriesgarse al desprecio de sus vecinos del mismo modo que sus vecinos se
arriesgaron tanto tiempo a la marginación y la muerte.
6. No se debe sacralizar la entrega de las
armas. Un solo hombre con una sola pistola puede matar a otro en un minuto. Y
eso podría ocurrir después de una entrega de armas, porque ¿cómo comprobar que
se entregaron todas?
7. Los politólogos y los historiadores deben
hacer un esfuerzo a la hora de explicar las raíces del problema, los límites en
las actitudes de cada uno. Toda solución se debe basar en un riguroso análisis
de lo ocurrido en España durante muchos, muchos años. Es la única cura contra
la tentación de la demagogia.
8. Euskadi no puede ganar peso específico
político gracias al fin de ETA; y, de rebote, Cataluña. Los nacionalismos
periféricos, que han sido debidamente atendidos por la democracia española, no
pueden instrumentalizar esto para llevar al país al borde de la ruptura. No
pueden solaparse demandas de autodeterminación mientras se negocia el fin de
una banda armada.
9. Los sentimientos no podrán ser marginados del
proceso. Habrá que gestionarlos. Y también hay expertos en eso, que cuenten con
ellos.
10. Si
España quiere ser un país grande debe entender que todo el que pertenezca a él
debe sentirse a gusto. Si eso no se consigue, se podrá salvaguardar la unidad
en la mera coacción del monopolio de la violencia por parte del Estado
(totalmente legítimo), pero no se logrará un país armónico que pueda
enfrentarse a los grandes retos del siglo XXI.
No es un decálogo. Son diez
pautas que, de ser respetadas, harán que sea mucho más sencillo que nadie tenga
que volver a pasar con miedo delante de un coche. Habremos conseguido una
democracia un poco más moderna. Se puede convertir en un catalizador de ilusión
colectiva que ayude a solucionar otros problemas. La grandeza de la política es
que cuando se utiliza para solucionar problemas genera adhesiones
exponencialmente. Y ya sabemos que una política fuerte es siempre mala para
aquellos a quienes no les gusta la política, porque prefieren imponer sus
criterios por la fuerza de las armas o del capital.
Un abrazo
Kike



Comentarios