lunes, 18 de enero de 2010

Pequeños relatos cotidianos - Historia de una cicatriz


Cada vez observo la vida con más fascinación, a pesar de todo.

El hecho de que hoy tengamos tantos canales de información no sólo no causa en mí una incómoda saturación o un cansancio insoportable, aunque algo de todo eso me acecha de vez en cuando. Por el contrario, soy cada vez más curioso. Y, sobre todo, el hecho de que la realidad la vivamos cada vez más a través de las pantallas, me hace mirar más a menudo alrededor, a la búsqueda de la verdadera realidad.

Me siguen fascinando los rostros. En ellos, y en otras muchas cosas, me voy encontrando con pequeños relatos escondidos que trato de descubrir. Aquí va el primero de este blog.

"No era un viaje agradable, pero, en cierto modo, quería pensar que la ilusión pesaba en mí más que la tristeza. Caminar en tren produce siempre algo de melancolía, pero, por otro lado, siempre me ha gustado viajar en tren: me relaja. Caminar en tren hacia el homenaje de un amigo fallecido recientemente y, además, en pos de una herencia por la que nunca quise pelear pero tuve que hacerlo, provoca que la melancolía y la tristeza se fundan para luchar poderosamente contra la ilusión. Y, de repente, un rostro. Una chica joven, en torno a los 25, que ya había llamado mi atención en el andén, se sienta en el sitio que me corresponde, pero el vagón está semivacío y cambio también el mío; eso hace que dos vecinos destinados a no mirarse acaben sentados el uno frente al otro. Ella ofrece mucha información al espectador atento. Un papel que se deja en la mesita que nos separa delata que viaja a Madrid con un plan muy cerrado, en el que se incluyen encuentros con algunas amigas, salidas nocturnas y gestiones para realizar un master. Su iPod, exactamente igual que el mío, la sume en un profundo sueño. Yo viajo trabajando, en contra de lo que me gustaría, pero su rostro contiene un misterio que, tantas casualidades, parecen obligarme a desentrañar. Una cicatriz en el lado derecho de su cara, casi a la altura de la boca, parece contar una historia de violencia. Sin embargo, pienso, eso sólo es un síntoma de cómo las ideas preconcebidas nos asaltan de inmediato casi ante cualquier realidad. ¿Acaso la joven no puede proceder de un parto dficil, y la cicatriz de un forceps empleado con poca destreza? ¿No pudo, como tantos niños, darse un golpe con un columpio?



El paseo por su rostro, sin embargo, nos ofrece una idea de tristeza que se emparenta fácilmente con la de la violencia. Y una nueva cicatriz, nueva para mí, que comienza casi exactamente al comienzo de la garganta y mide más de cinco centímetros, impulsa de nuevo hacia mí la idea de violencia. Una pelea desafortunada, un intento de violación, un accidente de tráfico. La segunda cicatriz podría proceder fácilmente de una operación, pero su profundidad y forma irregular me obligan a descartarlo; además, no puedo dejar de mirar la primera cicatriz descubierta por mí, en el rostro, que parece hecha para hacer daño: físico y moral. Estoy casi seguro de que la historia de esa cicatriz es una historia de violencia, y estoy casi seguro, ahora sí, de que mi juicio no es un prejuicio aunque pueda, claro, estar equivocado. Lo grandioso es que, con violencia o sin ella, ese rostro nos ofrece un relato fascinante. La joven despierta, y unos nuevos viajeros que reclaman sus sitios nos obligan a cambiarnos de lugar, y a sentarnos en aquellos que nos correspondían. Despierto de mi ensoñación, de mi relato. Ahora estamos sentados el uno junto al otro y la mirada ya no puede seguir la senda de la literatura. Yo descanso unos minutos y pienso en mi propia cicatriz, la que me ha impulsado a realizar este viaje".

Estoy seguro de que la realidad seguirá ofreciéndome la ocasión de contar pequeñas historias cotidianas en este blog.
Un abrazo
Kike

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