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Wikileaks y la nueva política


Hola a todas/os:

Desde que aparecieron públicamente los llamados “papeles de Wikileaks” mostré ya en mi perfil de Facebook mis serias dudas sobre ellos o, mejor dicho, mis sentimientos contradictorios. Por un lado, siempre he sido partidario de las filtraciones, incluso anónimas, en todos los ámbitos (local, regional, nacional e internacional) que sirven para poner en evidencia comportamientos inadmisibles de nuestros responsables públicos, sin poner en peligro al informador, que se puede jugar desde su puesto de trabajo hasta la vida. Por otra parte, sin embargo, creo que hay materias muy delicadas —sobre todo, las que tienen que ver con la seguridad de los Estados, que al final es la seguridad de todos nosotros— que, puestas al descubierto, pueden suponer graves riesgos, a veces imposibles de calcular.

Dicho esto, a medida que van saliendo más y más papeles, se van poniendo de manifiesto algunas contradicciones que nos deben mantener alerta ante sus informaciones. Es evidente que, como decía recientemente el lúcido José María Ridao en un artículo para El País, al final toda la honestidad de este proceso está en manos de una sola persona, Julian Assange, lo cual es ya de por sí discutible; sobre todo, teniendo en cuenta que la consecuencia puede ser una acumulación de poder similar a la que se quiere poner en cuestión con la publicación de los documentos. Ayer mismo se publicaban en El País una serie de “evaluaciones” de los políticos españoles por parte de los embajadores de EE.UU. en España; curiosamente, de todos ellos se podían extraer detalles negativos, comprometedores o al menos ambiguos, mientras que no había absolutamente nada en ese sentido hacia el Rey de España. Como es sabido, el Rey ha sido intocable durante muchos años en nuestro país, y sigue siéndolo. Parece que también para Wikileaks, o al menos para la lectura que El País hace de los papeles de Wikileaks. Porque, al menos yo, no soy tan ingenuo como para pensar que no hay ningún documento secreto comprometedor para Don Juan Carlos I.

Lo más interesante de las revelaciones de Wikileaks está directamente relacionado con esa “nueva política” que vengo defendiendo desde hace tiempo, y sobre la que he publicado algunos posts en este blog, que pueden encontrarse con la etiqueta correspondiente. Porque lo que Wikileaks describe es un ámbito público convertido en un auténtico teatro, donde un alto porcentaje de lo que los políticos traslada a los ciudadanos es un conjunto de meras simulaciones, eufemismos, circunloquios, engaños o, directamente, criterios absolutamente contrarios a los que se defienden en privado, que son los que finalmente determinan nuestras vidas. Que la política tiene un poco de eso, genuinamente, está claro; que la seguridad de todos nosotros depende muchas veces de algunos secretos, evidente para cualquier experto en el tema; que hay un grado de juego de roles que no podrá cambiar, también es claro. Ahora bien, lo que los ciudadanos no podemos permitir en absoluto es que nuestros responsables nos digan una cosa (nos digan a nosotros: lo que se digan entre ellos me importa menos) y hagan la contraria.

Y de eso es de lo que los ciudadanos están hastiados. Estamos hastiados de escuchar a los políticos porque ya no podemos confiar apenas en sus palabras. Estamos cabreados porque sabemos que en su modo de dirigirse hacia nosotros hay mucho más de cálculo electoral que de contenido ideológico o de gestión. Estamos hartos de saber que lo que vemos es una representación y que nos la sigan queriendo hacer pasar por la verdad, como si fuéramos niños pequeños que no saben que los Reyes Magos son los padres. Es una falta de respeto que se convierte, automáticamente, en una falta de respeto de la ciudadanía hacia la política. Algo gravísimo, que Wikileaks sólo pone de manifiesto una vez más, quizá de la manera más clara hasta ahora en la Historia, al menos por sus dimensiones y alcance.

Y así, una vez más, se pone de nuevo encima de la mesa que necesitamos una “nueva política”. Y que es imprescindible para avanzar. Y más: que es muy urgente.

Un abrazo
Kike

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