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La infancia y la adolescencia


Hola, a todas/os:

Andaba hoy por la calle y han pasado junto a mi lado dos o tres chicas jóvenes, que tendrían entre 13 y 16 años, corriendo, en lo que parecía una carrera de entrenamiento. He recordado mi infancia en Soria, y mi adolescencia, dos épocas en las que el deporte era una de las actividades centrales de mi vida. Me he tenido que retrotraer a aquella época, porque una de las cosas que me trajo la edad adulta fue la casi imposibilidad de seguir practicándolo, por falta de tiempo, cambios de prioridades, etc. He sentido cierta nostalgia, y no tanto por haber perdido esa práctica (que también) sino, sobre todo, porque no he podido evitar ponerme en la mente de esas chicas, intentando pensar qué sueños, qué preocupaciones, qué esperanzas, qué angustias, qué ilusiones correrían por sus cabezas mientras corrían.

Es este, creo, un ejercicio que deberíamos hacer a menudo. Pensar en aquello que pensábamos entonces, y que nos definía y que, seguramente, quizá sin saberlo, nos sigue definiendo. Siempre he sido partidario de que en la edad adulta hay que reservar un pequeño espacio para la ilusión ingenua de la infancia y para la revolucionaria necesidad de libertad de la adolescencia. No podemos, no debemos abandonar en el baúl de los recuerdos nuestro niño y nuestro adolescente, no podemos mutar la piel completamente. Me he encontrado en la vida muchas personas en cuya mirada y en cuya sonrisa, el mundo adulto ha desterrado toda huella de esas dos épocas de la vida tan ricas, tan vivas: y la intuición nunca me ha fallado, porque esas personas me han demostrado casi siempre que son más una fuente de problemas que de soluciones.

He pensado cuáles eran las ideas y emociones que rondarían por mi cabeza hace veinte años, cuando yo también corría, mientras pensaba en mis cosas. No es un ejercicio de nostalgia (un sentimiento a veces agrio y a vecse dulce, pero casi siempre improductivo), sino de búsqueda; de búsqueda de quién era, y de quién soy, y de quién quería ser y de adónde quiero llegar ahora. Me parece que todos deberíamos hacer ese ejercicio de vez en cuando, redescubrirnos a nosotros mismos en nuestra esencia no contaminada, tratar de recuperar aquello que nos hacía felices y no olvidar nuenca las ilusiones centrales que animaban nuestra vida. Al igual que jugar, soñar es también un elemento fundamental de la edad adulta en este tiempo que nos ha tocado vivir. No me gustan los adultos que no juegan y no me gustan los adultos que no sueñan.

Hoy, por unos segundos (el tiempo, las obligaciones, no me dan para más) he vuelto a meterme en la mente que fui hace veinte años, y me he sentido más vivo que en el resto del día. No sé cómo, pero debería obligarme a hacer este ejercicio todos los días, igual que debería imponerme de nuevo el sano cumplimiento de algún deporte cotidiano.

Un abrazo
Kike

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