domingo, 10 de julio de 2011

La vida, Rubalcaba, el PSOE, el futuro...


Hola, a todas/os:

Vemos la realidad de manera diferente porque hemos tenido vidas diferentes. Cada uno de nosotros, desde la familia en la que nace hasta los diversos entornos profesionales por los que transita, pasando por todas y cada una de las pequeñas y grandes anécdotas, somos lo que somos porque hemos vivido lo que hemos vivido. Por eso es tan difícil que dos personas (no digamos diez, cien o tres mil) veamos las cosas de una misma manera. Por eso, en ocasiones, nos echamos las manos a la cabeza y nos preguntamos cómo es posible que el otro no vea que si da tres pasos en la misma dirección caerá en la zanja; el otro nos mira y se pregunta cómo es posible que no nos demos cuenta de que lo que hay enfrente no es una zanja, sino un socavón inofensivo.

Desde hace unos años lo han denominado “inteligencia emocional” pero, para mí, simplemente ha sido siempre “inteligencia”: aprender a resolver los problemas nuevos. Gracias a eso, el ser humano ha logrado sobrevivir como especie a lo largo de tanto tiempo. Y ese tipo de inteligencia es la que creo que nos diferencia a unos de otros, y a nosotros mismos dentro de una época u otra. Yo, al menos, a lo largo de mi vida, puedo afirmar rotundamente que los momentos más importantes, los saltos cualitativos, han sido aquellos en los que me he tenido que enfrentar a problemas que no esperaba; en unas ocasiones los he sabido resolver rápido y bien, inteligentemente; en otros la torpeza fue grande y no fui capaz de hacerlo más que tarde y mal. Pero incluso en los peores momentos, eso me sirvió para que la siguiente vez en que aquel problema volviera a surgir, que ya no era nuevo, supiera resolverlo mejor y en menos tiempo.

Cuento todo esto porque hay un elemento fascinante en las organizaciones humanas, y es que, estando formadas en un principio para aprovechar la fuerza de muchos en la consecución más eficaz de un objetivo, ocurre en muchas ocasiones que el resultado es precisamente el contrario. O, dicho de otra manera, que la suma de las inteligencias de los integrantes de una organización no supone una inteligencia mayor, sino casi siempre mucho menor. Eso tiene como resultado que la habilidad individual del ser humano de aprender a resolver problemas nuevos no se suma en las organizaciones, sino que se resta de un modo perverso, y el resultado es que un conjunto de personas acaba por ser paradójicamente más torpe que una persona sola. Y esto, en los partidos políticos, específicamente en los que conozco, que son los españoles, y más concretamente al que pertenezco, el PSOE, se cumple a pies juntillas.

Las razones quedarán para el análisis de psicólogos, sociólogos e incluso antropólogos, aunque algunas podríamos formular fácilmente, como que el fin último del individuo es la supervivencia (y de ahí que aplique esa inteligencia innata de manera eficaz), mientras que las organizaciones tienen otros objetivos primarios programados por el hombre, como la rentabilidad en el caso de las empresas o el poder en el caso de los partidos políticos.

Pienso todo esto a raíz del discurso de Alfredo Pérez Rubalcaba, ayer, en el acto de presentación como candidato a la Presidencia del Gobierno de cara a las elecciones de 2012. Si uno fuera capaz de escuchar sus palabras fuera de contexto bien podría afirmar que se trató de un discurso excepcional; excepcional por su forma y por su contenido, por su tono y por su alcance. Si nos colocáramos en un contexto determinado, por ejemplo, en 2008, podríamos decir que ese discurso, unido a un candidato experimentado y con prestigio, y a un trabajo de equipo más que notable (el diseño de los mensajes “publicitarios” —escuchar, hacer, explicar; colocar la imagen del candidato frente a la del partido— o las estrategias “narrativas” —cambiar el marco del optimismo por el del realismo, hablar de los cambios necesarios en la política, oponer firmeza frente a talante, etc.—) llevarían al PSOE a una victoria segura, incluso aunque tuviera por delante diez o quince puntos de diferencia y sólo seis meses para enjugarlos.

Sin embargo, el PSOE se encuentra ante una enorme tragedia. Y es que ahora todo eso, ni mucho más que pusiéramos encima de la mesa, sería suficiente. Los cambios que se han experimentado en España entre mayo de 2010 (cuando Zapatero anuncia los recortes económicos imprescindibles para evitar la intervención de la UE) y mayo de 2011 (las revueltas ciudadanas en la calle, el resultado de las elecciones locales y autonómicas) hacen imposible que todo sea medido dentro de los mismos parámetros. Pero los partidos políticos, el PSOE al menos, efectivamente, no tienen como organización la suficiente inteligencia como para poder adaptarse a problemas nuevos de manera rápida y eficaz.

Lo expresaba dramáticamente uno de los máximos hacedores del PSOE actual, Pepe Blanco, hace apenas unos días: “El miedo a la derecha ya no funciona”. Ay, amigo, pero ¿cómo has tardado en darte cuenta nada menos que ocho años? (Por no hablar de lo extravagante que supone reconocer eso públicamente, es decir, reconocer que se ha utilizado eso como arma electoral durante los últimos años, con la pérdida de legitimidad que ese reconocimiento supone). Pues porque quizá él se dio cuenta antes, pero el PSOE como organización, no. Parece una cuestión fascinante, por paradójica y hasta absurda, pero es así.

Y es que, del mismo modo que el miedo a la derecha ya no funciona (si es que ha funcionado alguna vez como factor determinante), muchos otros elementos han hecho que el marco en el que nos encontramos sea tan nuevo que el PSOE no sabe, como organización (aunque muchos de sus integrantes, quizá la mayoría, incluso entre sus dirigentes, sí supieran) poner en marcha los mecanismos necesarios para adaptarse en el tiempo necesario. Las transformaciones son de tanto calado que el PSOE necesita casi una refundación para poder volver a recuperar la confianza mayoritaria de los ciudadanos. Una refundación que, además, se podría aprovechar para convertir al partido en una “organización inteligente”, capaz de resolver problemas nuevos en un tiempo record, y asegurar su supervivencia y su éxito.

Se atrevió Rubalcaba ayer a decir que era inconcebible defender grandes reformas en España (económicas, educativas, etc.) sin proponer grandes cambios políticos, y ha puesto como ejemplo la posible reforma de la ley electoral y una democracia más participativa. Estupendo. Pero no se ha atrevido, porque no puede, a defender reformas profundas en el partido, a pesar de que era un acto de partido, estrictamente. Allí sólo había gente del PSOE. Y no se ha atrevido. Porque no puede atreverse; si defendiera eso, en coherencia, debería dar los pasos suficientes hacia atrás hasta salir del recinto, y dejar que alguien con legitimidad subiera en su lugar a defender esa transformación del PSOE.

Y sin embargo, sólo una transformación profunda del partido hará posible la recuperación de la confianza ciudadana. Porque sólo esa transformación posibilitará que la élite del partido esté formada por los mejores, y no por los más acomodaticios; sólo esa transformación hará posible que las ideas que se defiendan lo sean por convicción socialista, y no por conveniencia electoral; esa transformación es la necesaria para que lo que el PSOE defienda sea lo que los ciudadanos quieren, y no lo que la cúpula del partido, con el poder como objetivo, marque que hay que defender; sólo esa transformación provocará un torrente de ilusión necesario, y que tanta gente de izquierda está deseando, para poder llevar en volandas a un líder nuevo hacia la transformación del país.

Rubalcaba es un gran político, y es tanto mejor que Mariano Rajoy que es posible que incluso le ponga en serios aprietos la victoria electoral. Sus ideas, las expresadas ayer, van en la buena dirección. Incluso el contexto del que se ha rodeado parece ir también en el camino adecuado. Pero la tragedia del PSOE es que no es suficiente. Era el momento de cambiar el partido pero no ha habido coraje. Ni él es el líder adecuado ni el partido posee la solidez suficiente en este momento para asegurar una victoria.

La publicidad, que va hacia el subconsciente, también surge muchas veces del subconsciente. La publicidad de la que se ha rodeado ahora Rubalcaba ha colocado su imagen por encima de la imagen del partido. Hasta el punto de que es el único líder que se ha atrevido a quitar el puño y la rosa de la imagen corporativa. Pero, ay, Alfredo, el subconsciente te ha jugado una mala pasada: quieres ocultar la imagen del partido porque sabes que no “vende”; pero la gente ya no es ingenua, como lo podría ser al principio de la democracia, cuando tú empezaste en política. No es minimizar la imagen del partido lo que hay que hacer, sino transformarlo para que pueda volver a tener prestigio. Ese reconocimiento implícito de que el partido no lo tiene, porque se oculta en la publicidad, supone además la inhabilitación de sus tres mensajes: no escucha a los muchos compañeros de toda España que se lo estamos diciendo; no hace lo necesario para transformarlo; y no nos explica por qué.

Él, y el resto de la cúpula del PSOE, pensará que lo que tienen delante es un socavón sin importancia; mientras, muchos, nos echamos las manos a la cabeza preguntándonos cómo no pueden ver la zanja. El tiempo dirá quién tenía más razón.

Un abrazo
Kike

PD: Para muestra, un botón. El gran éxito (publicitario) del hagstag #formularubalcaba en Twitter, lanzado hace 48 horas, llegando a convertirse en “tema del momento” durante más de un día completo, duró hasta su discurso de ayer; pocas horas después ha sido ampliamente superado por otro, #rubalcabayaestaba (que no hace falta explicar a lo que se refiere), que lleva en las primeras posiciones, cuando escribo esto, más de 24 horas, mientras #formularubalcaba ha desaparecido ya de los diez primeros. Poco más hay que añadir.

2 comentarios:

Emilio Luna dijo...

Escuchando, leyendo, viendo...parece que el discurso de Rubalcaba y todas las sensaciones que genera ha llenado de optimismo al PSOE y sus seguidores.

El problema, el socavón del que hablas, no sólo es problema de este partido político, también lo es para el resto. Un socavón que los ha alejado de la sociedad, uno enorme en el que priman primeros los intereses de unos pocos y después los del propio partido.

Es increible que estos últimos doce años de gobierno, con enormes meteduras de pata, nadie diga que se equivoca. Siempre se adopta lo fácil y se depuran responsabilidades. Por ello la clase política se ha convertido en burla tristemente.

Cierto que Rubalcaba inspira más seguridad y confianza que un hombre cómo Rajoy. Todo el mundo lo sabe, ellos lo saben y el propio Pp lo sabe. Ahora si el español tiene que esperar que Rubalcaba gobierne para ver si toca la lotería y se hacen unas reformas lo suficientemente fuertes para dar la vuelta a la situación actual mal vamos.

Yo creo que la construcción del futuro del Psoe debe empezar desde esta legislatura, sin tantas palabras huecas y con medidas diferentes. Nada de destrozar a las clases medias-bajas y hacer honor a su nombre y al movimiento socialista. Le hemos dado todo a los bancos, a los especuladores y lo seguimos dando. Éstos y la propia ignorancia-ego son el gran socavón. Y sí, es demasiado grande, aunque para todos.

Un abrazo, amigo.

Kike dijo...

Hola, Emilio.

Llevas razón. Lo que ocurre es que desde la rígida estructura interna de los partidos, a pesar de que pueda haber conciencia de los problemas (y creo que en una buena parte del PSOE la hay), es complicado desarrollar los cambios necesarios.

Me alegraría mucho que Rubalcaba consiguiera liderar esos cambios, pero lamentablemente lo dudo mucho. No ha dado pruebas en sus décadas de trabajo en el partido de querer incrementar la democracia interna, por ejemplo, sino más bien de consolidar el poder del "aparato" al que él siempre ha pertenecido.

Muchos españoles están cansados del "mal menor", y ese va a ser otro problema en estas elecciones recién convocadas porque mucha gente no va a votar a Rubalcaba porque sea menos malo que Rajoy.

Las reglas de juego han cambiado pero me temo que los jugadores no se han enterado.

Un abrazo
Kike