domingo, 21 de agosto de 2011

Religión, política, respeto


Desde los 3 hasta los 16 años estudié en el centro de los Padres Escolapios de Soria. Mis padres, ambos, han sido siempre de izquierdas y de familias de izquierdas (a mi abuelo paterno lo fusilaron los franquistas y no sabemos dónde está enterrado, un tío de mi madre se salvó de un pelotón de fusilamiento, mis abuelos maternos sufrieron la represión de la posguerra…), y ninguno de los dos es creyente practicante ni cercano a la sensibilidad católica, más allá de la educación impuesta por el régimen de Franco durante cuarenta años. Sin embargo, decidieron que yo debía estudiar en un colegio religioso católico, y creo que fue así porque entendían en aquel momento que era la mejor opción para mi educación, dado el prestigio de aquel colegio y su fama de exigencia. No he hablado mucho con ellos de este tema. No tengo nada que reprocharles al respecto, aunque quizá me quede alguna curiosidad.

No me considero católico porque no “profeso” la religión católica, ni ninguna. Estoy bautizado y confirmado, siguiendo las costumbres propias de los años en los que estudié, y la inercia generada en los colegios religiosos, pero nunca he creído en la Iglesia Católica. Leí la Biblia, y no creo que la Iglesia Católica tenga nada que ver con lo que allí se expresa, sino que es más bien un órgano de poder ideológico y económico. No entro a juzgar la religión católica en sí misma, por muchas razones, entre otras porque creo que de raíz las religiones proceden de algo tan abstracto como la fe, que es única y exclusivamente la necesidad de los seres humanos de creer en algo que no se puede ni se podrá demostrar nunca científicamente; por lo cual es absurdo entrar en la discusión, cada uno puede creer lo que quiera. La religión procede de la inmensa fragilidad humana y, desde esa perspectiva, creo que poco bueno puede venir de ella, de ninguna de ellas. Pero no puedo profundizar más en este tema que daría para mucho.
El concepto de Dios me ha resultado siempre mucho más complejo, y por eso tampoco podré extenderme mucho aquí. Sólo diré que me considero agnóstico, en el sentido que creo que nuestra capacidad como seres humanos es limitada para llegar a tener un entendimiento completo de lo que sucede más allá de las fronteras de nuestro planeta (y a veces dentro de nuestro mismo planeta). Por tanto, la intuición me dice que ni estamos solos ni nos podemos imaginar lo que hay más allá de nuestra experiencia tangible, pero evidentemente es mera intuición personal, nada tiene que ver con la ciencia ni por supuesto con el concepto de Dios de la mayoría de las religiones, ni mucho menos con el de la católica. Siempre digo que mi religión es 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), y los cinéfilos sabrán por qué lo digo.
También diré que conservo un recuerdo cariñoso y agradable de mis años con los Escolapios. Tengo poco malo que hablar sobre ellos, excepto que había malos profesores (como en todos los ámbitos) y buenos; que cometían errores, como todos. Entre los sacerdotes (que no eran más del 40% del profesorado) había personas poco recomendables y también algunas excelentes. Es cierto que rezábamos el padrenuestro al comenzar las clases, pero aquello apenas me influyó, incluso casi ya ni lo recuerdo con claridad; es cierto que nos obligaban a ir una hora a misa semanalmente, pero tampoco aquello me dejó huella alguna, en cuanto que yo lo observaba ya entonces como un teatrillo sin más trascendencia, al menos para mí. Es cierto que teníamos clases de religión, que en realidad lo eran más de Historia, pero no recuerdo que nos trataran de meter determinadas ideas en la cabeza e incluso nos explicaban otras religiones que no eran la católica; aprendí de aquellas clases lo que me interesaba, y lo que no me interesaba se quedaba al margen.
Podría seguir dando detalles. Esta es mi experiencia. Nada más. Es cierto que a lo largo y ancho del mundo ha habido colegios religiosos donde se han producido abusos sexuales; es cierto que la educación católica ha hecho un daño inmenso a multitud de niños, por las razones más diversas, desde torpedear su sexualidad hasta transmitir un miedo vital que no es nunca recomendable. No es mi caso. Pero que no sea mi caso, o que no sea el caso de muchas personas, no quiere decir que eso no haya existido. Ha existido, y es una lacra más para una Iglesia Católica que ha pedido muchos menos perdones de los debidos. Por ejemplo, por haber apoyado incondicionalmente un régimen dictatorial y criminal como el de Francisco Franco, que llevó a cabo un intento de genocidio, acabada ya la guerra, contra los progresistas españoles. Esa es una lacra que nunca perdonaré a la Iglesia Católica, no al menos hasta que sus jerarcas pidan público perdón; y tampoco me gusta que los fieles de hoy, que nada tienen que ver con aquello, no rechacen claramente esa actitud impresentable de la Iglesia desde 1931 hasta la actualidad.
Hasta aquí mi experiencia.
Pero resulta que cuando España logró reunir el valor suficiente para imponer un sistema democrático, la Constitución (muy inteligentemente, gracias a los excelentes políticos que la prepararon) estableció (art. 16) la garantía de “libertad ideológica, religiosa y de culto […] sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Muy importante: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Es decir, que España es un Estado aconfesional, donde todas las religiones son libres y tienen cabida, y el Estado está obligado a tratarlas en igualdad de trato y con respeto.
Los practicantes religiosos (de cualquier religión) pueden, pues, expresarse libremente en los espacios públicos; pero la administración pública (el Estado) no puede adherirse a ninguna confesión.
No es lo que me encuentro cuando veo que los políticos siguen jurando o prometiendo la Constitución (¡esa misma Constitución que establece la aconfesionalidad!) delante de un crucifijo (¿y si alguna vez un musulmán llega a ser ministro, qué respeto es ese?). No lo encuentro cuando entro en las consultas de médicos de la Junta de Extremadura (administración pública, es decir, Estado) que tienen un crucifijo en la pared (¿y si entran pacientes budistas?). No lo encuentro cuando las festividades católicas (y no las musulmanas, por ejemplo, mayoritarias ya en algunos barrios de muchas ciudades españolas) reciben amplias subvenciones para llevar a cabo fastuosos eventos. Tampoco lo encuentro cuando políticos de todos los signos (al menos, del PP y del PSOE) se involucran en actos religiosos, no a título personal (lo cual es intachable y absolutamente respetable) sino como representantes públicos (de ese Estado aconfesional), en tiempo de trabajo y pagados por la administración.
No quiero entrar a señalar con el dedo. Pero sí quiero dejar claro que no estamos cumpliendo la Constitución que los españoles nos dimos en 1978. Y cuando no se respeta la ley, la gente sale a la calle y protesta por ello.
No nos puede extrañar. Con más razón cuando, en plena crisis económica brutal y con hambrunas escalofriantes en otros países, la jerarquía de la Iglesia decide montar unas jornadas de gasto desorbitado y como mera demostración de poder ideológico/político. Por cierto, con muy poca transparencia a la hora de ofrecer las cifras del gasto, tanto por parte de la Iglesia (que por mucho que sea una institución privada está ampliamente financiada con fondos públicos) como por parte de nuestros políticos.
Así que, entre ciudadanos que se manifiestan en la calle exigiendo que se cumpla la Constitución y esa jerarquía eclesiástica, ¿cómo no tomar partido?
Dicen que las jornadas católicas han sido un éxito. Ha venido un millón de personas de 190 países; es decir, unos 5.200 de cada país (100 por provincia, trasladado a España). Pues menudo éxito. Muchas organizaciones católicas, por cierto, han criticado duramente este circo. Y no tengo nada más que decir al respecto.
Para terminar, siento una enorme melancolía si pienso que el partido al que pertenezco, que ha gobernado el Estado español desde 2004 hasta la actualidad, ha elevado un 34% la asignación de los católicos mediante su IRPF, pasando del 0,52% de la cuota al 0,70%. 250 millones de euros correspondientes al IRPF de 2010. ¿Eso es un Estado aconfesional? ¿Eso es un Gobierno progresista y socialdemócrata? En este tema, el Gobierno del PSOE no nos representa, a muchos de sus simpatizantes, votantes y militantes.
La situación en España es muy grave. Los políticos no están a la altura. Es muy preocupante que este tema se convierta en un frente más, muy preocupante.
Yo he intentado aquí equilibrar una historia familiar que quizá me debería llevar a odiar todo lo católico; una experiencia personal que en absoluto está teñida de odio ni siquiera de desprecio o de rencor alguno; una exposición objetiva de hechos históricos (muy limitada, ampliable) que debería avergonzar a la Iglesia y obligarla a disculparse; y una exposición objetiva de lo que nuestra Constitución exige. Me gustaría que este esfuerzo lo hiciéramos todos, creyéramos en lo que creyéramos. Que nos respetáramos. Y principalmente nuestros políticos, incapaces día a día de ser un ejemplo para los ciudadanos, sino más bien al contrario.
Un abrazo
Kike

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