jueves, 3 de noviembre de 2011

Campaña electoral. Por la transformación del PSOE a partir del 21-N



Hola, a todas/os:

Recuerdo casi desde siempre mi interés por la política; puedo visualizarme a mí mismo, desde pequeño, fascinado ante la televisión escuchando a los líderes políticos. No es sencillo explicar por qué, y desde luego no es el momento, aunque lo seguro es que no me viene de familia: en ella no ha habido nunca ni siquiera un afiliado a ningún partido, a pesar de que cada uno tenga, lógicamente, su modo de pensar. Creo que siempre me ha apasionado la política en cuanto que era el modo institucionalizado para transformar la realidad. Y para alguien con un espíritu crítico tan exacerbado como el mío, transformar la realidad es siempre uno de los grandes anhelos.

Quizá por eso el inicio de las campañas electorales, siempre, para mí al contrario que para casi todo el mundo, ha sido un momento ilusionante. Por la cantidad de mecanismos políticos que se ponían tradicionalmente en marcha, por el interés de las propuestas de transformación y por la expectación ante el resultado. Esta noche arranca la campaña electoral de las decimoprimeras Elecciones Generales en España, que darán lugar a nuestro sexto Presidente de Gobierno. Y sí, creo que por primera vez las afronto sin ilusión alguna. Y no porque el partido al que pertenezco parta en clara desventaja y sin apenas posibilidades de ganar, sino porque ninguna perspectiva me parece, sinceramente, halagüeña.

Hay quien confía en que todavía es posible que el PSOE gane, y yo deseo que así sea, pero esa opción no me genera la suficiente ilusión porque soy un convencido de que para que el PSOE siga siendo útil a la sociedad debe transformarse radicalmente; y sólo la ingenuidad o el deseo de permanecer en el poder a costa de todo pueden llevar a un socialista honesto a pensar que si el PSOE gana el 20-N cambiará algo dentro del partido. Hay otras personas —muchos compañeros del partido, lo cual es altamente significativo— que desean que la derrota del PSOE sea clamorosa, para poder forzar esa transformación radical; a mí eso no me ilusiona, porque una derrota clamorosa del PSOE deja el camino abonado para que el Partido Popular aplique su programa máximo, algo que, lógicamente, no comparto ideológicamente. Hay quienes desean que el bipartidismo sufra un descenso espectacular y, aunque participo de ese deseo en parte, no estoy seguro de que la delicadísima situación por la que atraviesa España y Europa necesiten un Parlamento tan fragmentado que no pueda tomar decisiones importantes en tiempo récord. No puedo compartir ninguna de esas ilusiones, y por tanto es difícil que sea cual sea el resultado de la noche del 20-N yo pueda terminar contento.

Sin embargo, no es esto lo más importante. Quizá lo más relevante es que la sociedad ha cambiado tan deprisa y los partidos tan despacio que las campañas electorales están acabando por resultar patéticas. Actos públicos donde sólo hay militantes del partido y familiares de los candidatos (es curioso cómo los familiares de los candidatos se sienten orgullosísimos de ellos, a pesar de que según el CIS los políticos son el segundo problema del país); programas con brindis al sol, ya demostrado que gran parte del contenido político se decide más allá de nuestras fronteras (la gente no es tonta); marketing político desfasado que sigue buscando eslóganes rompedores y retratos impolutos de los candidatos, en un universo audiovisual en que esos estímulos duran ya minutos, si no segundos, en la retina del espectador (no estamos en 1977, aunque la publicidad de los partidos apenas haya cambiado); bombardeo inmisericorde por Internet, convirtiéndose los perfiles privados de twitteros y facebookeros en herramientas al servicio del partido, como meros altavoces de sus consignas y, por tanto, sin ningún interés para sus “seguidores” o “amigos” que o no leen esas consignas o acaban irritados por ellas. Un páramo, en fin, de imaginación, de contenidos políticos reales, del debate apasionante propio de la política, de capacidad de innovación, de relación directa con la ciudadanía, de ejercicio sano de la democracia. Un desierto total.

Por eso he tomado la decisión, esta vez, de abstenerme públicamente de la opinión política durante estos días. Hasta el 21-N. Será difícil y es posible que lo incumpla (tengo pendiente un post a raíz del fin de ETA que publicaré próximamente, aunque de escaso contenido político), pero lo voy a intentar. Creo que cuando uno no comparte un contexto debe tomar la actitud contraria a la generalizada. Y en medio del ruido —y el ruido siempre es estéril; peor que estéril, contraproducente—, ahora creo que toca el silencio.

Pero tengo una idea, eso sí, de lo que el PSOE debería hacer después del 20-N, sea cual sea el resultado. Insisto: sea cual sea. Lógicamente, esto daría para mucho, pero es necesario resumirlo al máximo:

  1. Implantar un liderazgo nuevo. Y cuando digo nuevo no digo necesariamente joven (hay jóvenes de 50 y viejos de 20), sino regeneracionista. Un liderazgo lo menos contaminado posible por la vida interna del partido y, por supuesto, por la acción orgánica e institucional. Un liderazgo que se aleje de las clásicas tendencias del marketing carismático para implantar un liderazgo colectivo dentro del PSOE. Se acabaron los tiempos de la verticalidad, y es necesario que haya líderes que, teniendo toda la autoridad y capacidad de decisión necesaria en un buen líder, trabajen horizontalmente con un grupo amplio de personas que a su vez puedan representar lo más fielmente posible el deseo de la sociedad en su conjunto.

  1. Ese liderazgo nuevo debe salir ahí fuera, a la calle, a los medios de comunicación, y conformar un relato cierto, creíble y profundo sobre la Historia reciente del PSOE y sobre los errores cometidos. Se debe pedir disculpas a los militantes por el ninguneo al que han sido sometidos, a los votantes decepcionados por políticas diferentes a las prometidas y, en fin, a todos los ciudadanos que nos votaron alguna vez o pensaron en votarnos y a los que les hemos dado razones para no hacerlo.

  1. Sólo entonces, ese liderazgo nuevo tendrá la legitimidad suficiente para realizar una amplia reivindicación de nuestros antiguos líderes y de la enorme contribución del PSOE a la Historia de España: desde los escarceos en el tardofranquismo, pasando por la contribución a la consolidación de la democracia, hasta llegar a la creación de un Estado de bienestar que existe en España gracias, sobre todo, a gobiernos del PSOE. Habrá que agradecer a todos los compañeros y a todos los ciudadanos que han contribuido a ello.

  1. Cerrado el círculo del pasado, ese nuevo liderazgo deberá inventarse (todo buen liderazgo, mejor si es colectivo, debe ser altamente creativo) un nuevo mito fundacional. Todo proyecto colectivo en el que se muevan emociones, y la política lo es, necesita un mito fundacional. El del PSOE ha sido hasta ahora un mito de renuncia: el Congreso de 1979 en que el partido se alejó completamente del marxismo. Por eso en el imaginario colectivo ha sido necesario siempre acudir al puño y a la rosa, y a ese otro mito fundacional, que es Pablo Iglesias, un tipógrafo ferrolano que defendía la dictadura del proletariado y la socialización de los medios de producción. Ese sí era un mito épico y digno de tal nombre, pero completamente alejado de la realidad en la que vivimos, donde el contexto es radicalmente diferente aunque muchos de los problemas sigan siendo los mismos. Así que ante un mito de renuncia, el inconsciente colectivo tuvo que derivar hacia un mito épico que era precisamente al que habíamos renunciado. El resultado es la nada. El PP, que desde el principio supo que tenía que abolir todos sus mitos fundacionales porque estaban radicalmente relacionados con el franquismo, creó unas nuevas siglas, y generó ese momento histórico, esa cesión de papeles desde Fraga (el franquismo) hacia Aznar (la democracia) que se convirtió en el mito fundacional del PP; desde entonces los populares no han bajado de diez millones de votos. El PSOE necesita un nuevo mito fundacional.

  1. A partir de ahí, aparcadas ya las emociones, hay que ponerse a pensar. A pensar, primero, en qué modelo de partido será más útil para la sociedad en la que vivimos. Hemos escuchado muchas propuestas de cambio durante los últimos meses, algunas imprescindibles, otras necesarias, otras rocambolescas. Hay que pensar. Pero está claro que el modelo de partido debe ser a) más participativo y menos cerrado en torno a las élites, b) más abierto a la ciudadanía, no sólo a los militantes,  c) más transparente, d) más igualitario y e) más permeable al cambio social, menos rígido en su estructura y en su organización. Entonces habremos entrado en el siglo XXI.

  1. Decidido el modelo de partido, hay que proponer un modelo de país. Un modelo de país que ya no es soberano (y hay que decírselo a la ciudadanía con honestidad), sino que depende de la UE y de un mundo completamente globalizado. Por tanto, ese modelo deberá concertarse con las fuerzas de izquierdas europeas, deberá ser un modelo consensuado internacionalmente. Más que un modelo de país, habría que decir un modelo de política global. Es imprescindible una convención Internacional de las fuerzas de izquierda donde se marquen las líneas compartidas, y se acuerde defender políticas comunes en todas las instituciones. Sólo así se podrá luchar por temas capitales como limitar el poder financiero, luchar contra el fraude fiscal o imponer lo público como único modo de redistribuir la riqueza. Internacionalizar nuestro modelo de país es un paso imprescindible para lograr que la izquierda pinte algo durante los próximos 25 o 50 años.
 
  1. El PSOE debe promover, como fuerza mayoritaria de izquierdas (una vez que clarifique sus políticas como tales, como políticas netas de izquierdas) una concertación política en la izquierda española semejante a la que propuso el PP en la derecha, con el éxito antes mencionado. España es un país de izquierdas, lo ha sido incluso en los momentos de mayor éxito electoral del PP, pero su dispersión y su autoexigencia hacen imposible que se produzcan muchas veces políticas reales de izquierda. Deberemos acercarnos a todos aquellos que piensan como nosotros y ofrecerles no el abrazo del oso, sino una confraternización leal y constructiva. Debemos acabar definitivamente con el cainismo en la izquierda, que tantos disgustos nos ha propiciado. Estamos de acuerdo en el 90%, no es posible que enfrentamientos personales, reminiscencias territoriales y demás menudencias impongan el 10% restante. Para eso hace falta que ese nuevo liderazgo tenga elegancia, valentía,  convicción y una ilimitada capacidad de diálogo.

Creo sinceramente que el PSOE debe tomarse en serio su transformación a partir del 21-N. No me gusta ser agorero, del mismo modo que no me gusta ser triunfalista, pero es posible que un liderazgo viejo o una falta de liderazgo conduzcan al PSOE a resignarse a ser una fuerza derrotada y, a medio plazo, marginal y en riesgo de desaparición. No lo digo a la ligera. Puedo equivocarme, pero es algo sobre lo que he reflexionado durante mucho tiempo, y creo que es posible. La sociedad española necesita un PSOE fuerte. Si no lo conseguimos después del 21-N muchos ya no nos lo perdonarán jamás.

Un abrazo
Kike

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