martes, 15 de abril de 2014

Personas extraordinarias

Hola, a todas/os.

Hace algunas semanas, el cine me recordó que tenía pendiente escribir este post, y no puedo esperar más.

Primero fue Mi encuentro con Marilou, una interesante película francesa dirigida por Jean Becker, en la que un pintor de prestigio, ya mayor y en plena depresión, encuentra por casualidad a una joven a la que su madre ha echado de casa; ese encuentro mutuo les salva la vida. Después fue Laurence Anyways, una película canadiense de casi tres horas, más que estimulante, sobre la historia de un transexual y su heterodoxa relación con una mujer.


Ambas películas me recordaron en pocos días que hace tiempo quería escribir sobre los encuentros extraordinarios con personas extraordinarias, que no son habituales pero que a veces nos cambian la vida para siempre. La película francesa nos lo muestra casi literalmente y la canadiense ofrece un retrato de lo revolucionaria que puede ser la autenticidad.

No es fácil definir lo extraordinario, porque es necesario hacerlo en oposición a lo ordinario, y lo ordinario no es exactamente lo mismo para todo el mundo. Así que vaya por delante el reconocimiento de la total subjetividad de la cuestión, puesto que lo que para mí es extraordinario para cualquier otra persona puede ser lo más normal del mundo.

Extraordinario es que alguien te mire: que te mire a los ojos, que se desnude ante ti de ese modo aunque sea por unas décimas de segundo; extraordinario es que te escuchen, pero no que te escuchen esperando a que acabes de hablar para comenzar por su parte, sino que te escuchen honestamente interesados en lo que tienes que decir; extraordinario es que se hagan cargo de tu estado de ánimo, que perciban lo que sientes, que lo tengan en cuenta y que actúen en consecuencia.

Extraordinaria es la sinceridad: que te digan crudamente lo que no les gusta de ti y que ponderen aquello que sí les satisface. Extraordinarias son las personas que recuerdan: las que no olvidan aquello importante que les dijiste, las que se acuerdan de que estás ahí aunque no hagas acto de aparición, las que siempre guardan lo que has significado en sus vidas. Extraordinaria es la gente agradecida, pero no necesariamente quien considera que te debe un favor, sino sencillamente quien atesora en su interior el sano reconocimiento por haberle hecho sentir bien en un momento determinado.

Es extraordinario el apasionamiento: que las cosas atrapen a las personas, que las obliguen a dejarse llevar, que no sean capaces de controlarlo todo siempre, que la vida les arrolle de vez en cuando, que aparezcan desnortados junto a ti, mirando a un horizonte incierto con la única certeza de que quieren que tú estés cerca. Son extraordinarias las personas que no juzgan, es decir, que viven y dejan vivir, que no te hacen una marca por los errores cometidos ni por los pensamientos diferentes.

Es extraordinaria la generosidad: aquellas personas que son capaces de regalarte lo más importante que tienen, es decir, su tiempo. Es extraordinario el impulso por cambiar el mundo, porque el mundo es lo que es gracias a las personas que tuvieron ese impulso. Es extraordinaria la valentía, la capacidad de arriesgar hasta lo que no se tiene, y aún más extraordinario es el riesgo si se asume no por una idea sino por una persona.

Fijaos que he enumerado características. Y podría enumerar algunas más. Y aún así no es fácil encontrar una sola de ellas. Los destellos de lo extraordinario no dejan de maravillarme porque son raros, es algo parecido a encontrar un tesoro en una isla de la que te dijeron, expresamente, que no era la isla del tesoro. No pido, ni busco ni exijo lo extraordinario, pero me maravilla, me emociona encontrarlo.

Ni que decir tiene que me sobrarían dedos para enumerar las personas que me he encontrado a lo largo de mi vida que sumen todas o muchas de esas virtudes (virtudes para mí, que para otros no lo serán o serán defectos). Lo que ocurre es que cuando aparece una de esas personas, siempre, pero cada vez más, hago esfuerzos, también extraordinarios, para conservarlas en mi vida.

Las personas extraordinarias, todo hay que decirlo, no son fáciles. Suelen ser exigentes, poderosas, independientes, celosas de su territorio, poco complacientes. A veces nos tambalean, nos hacen dudar, nos obligan a interrogarnos sobre nosotros mismos. No es fácil mantenerlas cerca porque nos quieren de verdad y cuando alguien quiere de verdad solo hay una cosa a la que no puede renunciar: la verdad. Y la verdad duele.

A medida que pasan los años algunas certezas se diluyen y otras se consolidan. Una de estas segundas es que quiero cerca a personas extraordinarias, y que estoy dispuesto a renunciar a cosas por ellas. Es una de las cosas por las que merece la pena vivir.

Un abrazo
Kike

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