sábado, 21 de mayo de 2011

15-M. Nueva política. Era cuestión de tiempo. ¿Y ahora qué?



Hola, a todas/os:

Hace casi tres meses que no paso por este blog. Algo que no deseaba, pero que ha sido inevitable. Hay épocas en las que apenas hay tiempo material para las cosas más banales; me decía un amigo, habitual de La técnica Ludovico, que se sabe en qué momento vital está un bloguero por el tiempo que le puede dedicar a su blog. Y sí, así es en mi caso. Abundaré en posts posteriores en los proyectos que me han tenido “secuestrado” durante tanto tiempo. Pero hay acontecimientos que son un antes y un después, y ante eso todo se para. Todo.
 
Los acontecimientos extraordinarios de estos días me obligan a parar, tratar de recuperar ideas anteriores, reflexionar, tratar de explicarme. Es difícil. Casi nadie está sabiendo interpretar lo que está pasando y, asombrosamente, a muchos les ha sorprendido. Me refiero, por supuesto, a lo que se está llamando “Movimiento 15-M” impulsado por la plataforma “Democracia Real Ya”, que es una amalgama de diferentes movimientos y tendencias ciudadanas libres, que no responden al mandato de organización alguna.

Durante los últimos dos años habré mantenido cientos de horas de conversación política. Con pocas personas, porque son cada vez menos a las que les interesa la política o, mejor dicho, “esta política”. Ahora me arrepiento de que todas esas conversaciones no estén grabadas, del mismo modo que sería maravilloso que todas las que se habrán producido entre otras personas, muy parecidas, también lo estuvieran. En esas conversaciones eran habituales expresiones o palabras como “regeneración”, “revolución”, “cambio de modelo”, “reforma de los partidos”, etc., etc. Las líneas de discusión variaban, pero la conclusión siempre era la misma: el actual sistema político español era insostenible. Recuerdo especialmente las conversaciones con mi hermano, mucho más pesimista que yo, que me decía que lo que yo planteaba era imposible; yo le decía que no es que fuera posible o imposible, simplemente era inevitable. ¿Cuál sería la forma? Difícil de predecir, aunque la más probable es la que al final ha sucedido. Porque las dos formas posibles eran la implosión de uno de los dos grandes partidos, algo casi imposible tal como funcionan en este momento; la otra era la explosión popular.
Lo diré para los nuevos visitantes de este blog, que no me conocen: soy militante del PSOE, y lo soy desde que en 2000 José Luis Rodríguez Zapatero dio un enorme impulso a la idea del cambio de este partido, ilusionando a muchísimos militantes, simpatizantes y otros muchos ciudadanos. Lo soy y lo voy a seguir siendo mientras piense que desde el PSOE se pueden cambiar las cosas. Pero quienes me conocen más, quienes me conocen de verdad, saben que soy extraordinariamente crítico porque creo en la crítica constructiva como motor del cambio, como motor de la transformación. Por eso no soy un amigo cómodo, ni un compañero cómodo, ni fui un jefe cómodo, ni soy ni seré un trabajador cómodo para los jefes, ni tampoco soy ni seré nunca un militante cómodo para ninguna organización. Sólo el cambio permanente hace posible la adaptación necesaria al permanente cambio que se produce en la realidad. Así que sí, soy militante del PSOE. Pero no soy un militante del PSOE que espera a oír lo que dice el líder para ofrecer su criterio; ni de los que se callan por miedo a no salir en la foto; ni de los que prefieren salvaguardar su espacio antes que el espacio del partido.
Desde septiembre de 2010 vengo defendiendo lo que he llamado “nueva política”. El día 24 de ese mes lo decía claro: “El sistema político español está abocado a una gravísima crisis si no cambian muchas cosas. Pero todas esas cosas que deben cambiar deben cimentarse en una: el funcionamiento de los partidos políticos. Debería concurrir un pacto de estado de todos los partidos políticos, al menos de la decena larga de ellos que tienen amplia representación, para impulsar ese cambio. Es una transformación de supervivencia para los mismos partidos, pero es sobre todo un cambio de saneamiento del sistema democrático, y un cambio ya no solicitado por los ciudadanos, sino exigido con urgencia. Hay que luchar por una democratización efectiva del funcionamiento de los partidos; hay que realizar una profunda labor de bisturí para limpiarlos al máximo de corrupción y corruptelas (corrupciones menores pero cotidianas, y por ello más graves); hay que generar instituciones dinámicas, alejadas de la burocracia, no renuentes al cambio, atentas siempre a los jóvenes y a los cambios sociales; hay que ofrecer al ciudadano todas las opciones posibles para que nos critiquen, para que nos propongan, para que nos mejoren... no nos queda más remedio que ser un fiel reflejo de lo que la sociedad quiera que seamos; hay que lograr, de una vez por todas, que en los partidos políticos estén los mejores, los más preparados, los más honestos, los más leales, los más abiertos, los más trabajadores, los más comprometidos. Todo esto era necesario ayer y anteayer, y hace mucho tiempo. Ahora es ya urgente, absolutamente necesario para que en un futuro no muy lejano el sistema siga funcionando. Cuando hayamos conseguido esto, aún quedarán muchos otros cambios que llevar a cabo, pero mientras no cambiemos esto, no podremos cambiar casi nada”. Os animo a que leáis todo el post.
El viernes 1 de octubre de 2010, a propósito de las primarias del PSOE madrileño, decía: “Este cambio, impulsado por una militancia deseosa de que ocurra, está en sintonía con lo que quieren los ciudadanos, como no puede ser de otro modo, puesto que los militantes somos ciudadanos. Este cambio es inevitable. Va a ocurrir. Es cuestión de tiempo. Si no me equivoco, como vengo diciendo hace mucho tiempo, ocurrirá más temprano que tarde, ya está ocurriendo. Si no me equivoco, y Tomás Gómez gana el domingo, esté cambio ya está en marcha. Si no... habrá que esperar, pero será cuestión de meses, un año, dos... poco más. No puede ser de otro modo”. Sólo han pasado nueve meses.
El domingo 3 de octubre me atrevía a ponerle nombre al cambio: “nueva política”. Y decía: “Lo que habrá seguro pronto son muchos más ladrillos en este nuevo edificio que deberá ser construido por todos: ciudadanos comprometidos, militantes, políticos. No hay alternativa”.
El lunes 4 de octubre ponía la democratización de los partidos como el primer punto a tratar. Y, entre otras cosas, decía: “¿Qué es la "nueva política", tal como yo la concibo? Una nueva concepción de los partidos políticos, que deberá desembocar en una verdadera imbricación de los mismos en la sociedad y de la sociedad en ellos; como consecuencia directa, una mejora de su funcionamiento y de la calidad de sus miembros y dirigentes y, más allá, una sostenida mejora del funcionamiento de las instituciones, desde el Gobierno hasta los Ayuntamientos. El cimiento de esa transformación es la ‘participación real’ de los militantes en los partidos; no cuando hay procesos electorales, no cuando hay asambleas, no cuando hay grandes eventos, sino en la vida diaria de los partidos, en la creación de los programas electorales, en la elección directa de los cargos orgánicos. Esto incluye, claro, las listas abiertas, un concepto sobre el que hay que volver con urgencia, y abrir un debate serio de cómo ponerlo en marcha para que, de una vez por todas, la elección de los cargos orgánicos sea resultado de la voluntad de los militantes y no de los repartos de poder entre los cargos orgánicos anteriores. El sistema actual sólo genera endogamia, corrupción interna, ausencia de promoción de los mejores, huida del talento, tendencia a la parálisis”.
El miércoles 6 de octubre destacaba la erradicación de la corrupción. Algo que ahora “está de moda” debido a la inaceptable inclusión de imputados en las listas electorales para este domingo 22 de mayo. Hacía varias propuestas concretas, muy razonables, y ya apuntaba: “que todo político imputado (no se imputa a alguien sin pruebas, sin el inicio de un proceso judicial, sin la intervención de las fuerzas del orden) quede inmediatamente apartado de sus funciones y del dinero público. Inmediatamente. Si se prueba su inocencia se le podría restituir en su cargo”.
El domingo 17 advertía que los medios de comunicación estaban siendo cómplices necesarios de un sistema decadente: “La verdad es que España es un país por el que hace tiempo que habría que preocuparse seriamente, aunque quizá no por lo que la mayoría de la gente piensa (o no sólo por eso), sino por muchas más cosas. Una de ellas son los medios de comunicación. Muy especialmente, los medios de comunicación que se incluyen en el ala liberal-conservadora. No informan a sus lectores, les adoctrinan; no pretenden hacer de mediadores de la realidad sino de ideólogos. No hacen periodismo sino panfletos”.
El viernes 22 de octubre, hablando del cambio de Gobierno de Zapatero, mostraba mi preocupación por el ritmo al que se estaban quemando las generaciones de líderes del PSOE, y volvía a apostar por “un cambio generacional de verdad, donde estén los mejores y no los ‘amigos’ o ‘los que me apoyaron’. Esto, que también forma parte de esa ‘nueva política’ que se irá imponiendo por su propio peso, sería bueno que lo entendiera la cúpula del PSOE, y que no se tratara de enrocar en los tradicionales movimientos de vuelo corto y de lectura plenamente interna. De ello depende no sólo el futuro del PSOE, sino el futuro de la estabilidad democrática”.
El 21 de noviembre hablaba de mi relación con la política, destacando que “Mi problema es que me entusiasma la política con mayúsculas y me repugna la política con minúsculas. Y el gran problema es que abunda hoy quien pretende estar en política para medrar, para enriquecerse, por la erótica del poder, para encubrir sentimientos de inferioridad, para hacer o recibir favores... y escasea quien desea dedicarse a la política como vocación de cambiar las cosas”.
El 7 de diciembre, a propósito de Wikileaks, insistía en el hastío de los ciudadanos ante el "teatro" de la política, y de la urgencia de un cambio: "Y de eso es de lo que los ciudadanos están hastiados. Estamos hastiados de escuchar a los políticos porque ya no podemos confiar apenas en sus palabras. Estamos cabreados porque sabemos que en su modo de dirigirse hacia nosotros hay mucho más de cálculo electoral que de contenido ideológico o de gestión. Estamos hartos de saber que lo que vemos es una representación y que nos la sigan queriendo hacer pasar por la verdad, como si fuéramos niños pequeños que no saben que los Reyes Magos son los padres. Es una falta de respeto que se convierte, automáticamente, en una falta de respeto de la ciudadanía hacia la política. Algo gravísimo, que Wikileaks sólo pone de manifiesto una vez más, quizá de la manera más clara hasta ahora en la Historia, al menos por sus dimensiones y alcance. Y así, una vez más, se pone de nuevo encima de la mesa que necesitamos una “nueva política”. Y que es imprescindible para avanzar. Y más: que es muy urgente".
Todavía el 9 de enero de este año, a propósito de diversos problemas internos en el PSOE y en el PP en la elaboración de las listas electorales, reiteraba: “…la democratización de los partidos que exige la Constitución española en su artículo 6 no se ha llevado hasta el final. Hay que profundizar en ella, restar poder a las cúpulas de los mismos, establecer sistemas verdaderamente democráticos de elecciones internas, luchar por las listas abiertas y establecer algún proceso de selección (aprovechando el mucho conocimiento acumulado sobre recursos humanos) que premie el talento y no la palmada en la espalda al líder de turno”.
Con todo esto no quiero decir que tenga ninguna capacidad profética sino que, simplemente, lo que está pasando estos días en toda España era perfectamente previsible si uno se había sentado a analizar la realidad desapasionadamente, con objetividad, con la vista puesta en el bien común y con valentía. No era cuestión de pensar si esto era posible, es que era cuestión de tiempo, sin más.
¿Y ahora?
Pasan los días y veo cómo militantes de los partidos, también simpatizantes, medios de comunicación… siguen sin posicionarse. ¿Les gusta esto? ¿Lo apoyan? Qué miedo. Es como si pensaran, como si creyeran, que esto es una especie de mal sueño, de película del pasado que se ha colado en el presente. Que esto se diluirá como un azucarillo, que apenas basta cerrar los ojos, esperar al domingo, volverlo a abrir y… ¡todo seguirá igual! Hace muchos meses, quizá años, que es evidente que nada seguirá igual. Pero, ¿ahora?, ¿cómo alguien puede seguir pensando en que todo seguirá siendo igual? ¿A qué están esperando unos y otros para posicionarse? ¿A que alguien les diga lo que tienen que decir? Eso es precisamente lo que nos ha traído aquí.
Se están cometiendo, en mi opinión, varios errores graves con este movimiento. Veamos:
  1. Analizarlo en función de las elecciones. El descontento viene de mucho más atrás, y seguirá después. El propósito no es influir en el resultado de este domingo, sino influir en el cambio de rumbo de nuestra sociedad.
  2. Atribuirlo a la crisis económica. Este error es especialmente perverso, porque parte de la idea de que en el momento en el que el paro empiece a remitir y el PIB a crecer, el descontento desaparecerá. Basta revisar las reivindicaciones del movimiento para descubrir que muchas de ellas nada tienen que ver con la crisis. Y sí con el funcionamiento interno de los partidos, con la corrupción, con la lejanía de la administración respecto de los ciudadanos…
  3. Ponerle color. Faltan análisis sobre el posicionamiento político de quienes ahora tienen entre 18 y 33 años, que son inmensa mayoría en las concentraciones. ¿Alguien cree que todavía se pueden meter en las categorías “izquierda” y “derecha”? Ponerle color a este movimiento es absurdo en un momento en que las generaciones que lo han propiciado no pueden ser incardinadas en los colores que conocemos, al menos del modo que puede hacerse con otras generaciones.
  4. Darle un valor exclusivamente apolítico o antipolítico. No se está pidiendo el cierre de los partidos, sino que los partidos cambien. Y lo que es más importante: dentro de los partidos hay muchas, muchas, muchas personas que podrían estar en esas concentraciones. Que comparten muchos de esos principios. Que no se manifiestan por miedo, o por pereza, pero que saben que este movimiento era necesario y beneficioso para la sociedad. Bastará con que alguien lo minusvalore, para que cada vez se sume más gente, también de dentro de los partidos. Es cuestión de tiempo que así ocurra.
  5. Asociarlo a la Puerta del Sol. El valor simbólico lo hace casi inevitable, pero se trata de una iniciativa nacional. Las plazas de casi todas las ciudades están viendo las concentraciones de miles de ciudadanos. Y no es necesario decir que es incluso más llamativo que en una ciudad de 100.000 personas se manifiesten 500, que el hecho de que en la Puerta del Sol, a la que tiene acceso una población potencial de casi 6.000.000 de personas, acudan 10.000.
No quiero cansaros más, aunque este momento es tan apasionante que podría estar escribiendo durante horas.
Ya estamos en jornada de reflexión. Yo voy a votar al PSOE, ya lo sabéis, pero no sólo porque estoy afiliado, sino porque creo que hay espacio para transformarlo y, una vez transformado, cambiar la sociedad en la dirección correcta. También me siento orgulloso de cómo ha reaccionado a este movimiento ciudadano, con mesura, con respeto, con cierta admiración, con cierta simpatía.

Una cosa final es muy importante. Es cierto que hay que recordar que las revueltas árabes se dispusieron para lograr el voto; allí, como aquí, eso ha costado mucha sangre, mucho sudor y muchas lágrimas. Creo que debemos respeto a nuestros padres, a nuestros abuelos y a nuestros bisabuelos. Se puede votar en blanco e incluso nulo, para expresar diferentes cosas, pero creo que es importante votar. A veces pienso que debería ser un deber. Es asombrosa la madurez de la gente que se está manifestando porque muchos de ellos, entrevistados en diferentes medios, han dicho que a pesar de todo van a votar el domingo, dato que indica doblemente: que este movimiento es serio y sólido; y que el voto es algo radicalmente necesario para preservar la democracia. Votando, en el fondo, estamos diciendo: quiero poder seguir votando en el futuro.

Seguiremos este momento apasionante de nuestra Historia.
Un abrazo
Kike

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